domingo, 21 de agosto de 2016

María Reina del Universo



La devoción popular invoca a María como Reina. En efecto, a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el Concilio de Éfeso la proclama «Madre de Dios», se empieza a atribuir a María Santísima el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo.
 
Mi venerado predecesor Pío XII, en la Encíclica Ad coeli Reginam, a la que se refiere el texto de la Constitución Lumen gentium, indica como fundamento de la realeza de María, además de su maternidad, su cooperación en la obra de la Redención. La Encíclica recuerda el texto litúrgico: «Santa María, Reina del Cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la Cruz de nuestro Señor Jesucristo». Establece, además, una analogía entre María y Cristo, que nos ayuda a comprender el significado de la realeza de la Virgen. Cristo es Rey no sólo porque es Hijo de Dios, sino también porque es Redentor. María es Reina no sólo porque es Madre de Dios, sino también porque, asociada como nueva Eva al nuevo Adán, cooperó en la obra de la redención del género humano.

En el Evangelio según San Marcos leemos que el día de la Ascensión el Señor Jesús «fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16,19). En el lenguaje bíblico, «sentarse a la diestra de Dios» significa compartir su poder soberano. Sentándose «a la diestra del Padre», Él instaura su Reino, el Reino de Dios. Elevada al Cielo, María es asociada al poder de su Hijo y se dedica a la extensión del Reino, participando en la difusión de la gracia divina en el mundo.

Observando la analogía entre la Ascensión de Cristo y la Asunción de María, podemos concluir que, subordinada a Cristo, María es la Reina que posee y ejerce sobre el universo una soberanía que le fue otorgada por su Hijo mismo.
 
El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión.
 
Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es Madre en el orden de la gracia. Más aún, la solicitud de María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción.
 
Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario.

Por tanto, en vez de crear distancia entre Ella y nosotros, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida.

Elevada a la gloria celestial, María se dedica totalmente a la obra de la salvación, para comunicar a todo hombre la felicidad que le fue concedida. Es una Reina que da todo lo que posee, compartiendo, sobre todo, la vida y el Amor de Cristo.

San Juan Pablo II
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lunes, 15 de agosto de 2016

San Juan Pablo II y la Asunción de María al cielo

"El dogma de la Asunción afirma
que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte.
En efecto, mientras para los demás hombres
a resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo,
para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio"
(San Juan Pablo II, 2-julio-97).

"Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen,
es posible comprender el plan de la Providencia Divina
con respecto a la humanidad:
después de Cristo,  Verbo encarnado,
María es la primera criatura humana
que realiza el ideal escatológico,
anticipando la plenitud de la felicidad prometida
a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos"
(San Juan Pablo II, 9-julio-97).

"María Santísima nos muestra
el destino final de quienes
oyen la Palabra de Dios y la cumplen' (Lc. 11, 28). 
Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, 

donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, 
y donde está también la humilde esclava de Nazaret,
ya en la gloria celestial“
 (San Juan Pablo II, 15-agosto-97)

sábado, 6 de agosto de 2016

El Padre da testimonio del Hijo


Los Evangelios -y todo el Nuevo Testamento- dan testimonio de Jesucristo como Hijo de Dios. Es ésta una verdad central de la fe cristiana. Al confesar a Cristo como Hijo “de la misma naturaleza” que el Padre, la Iglesia continúa fielmente este testimonio evangélico. Jesucristo es el Hijo de Dios en el sentido estricto y preciso de esta palabra. Ha sido, por consiguiente, “engendrado” en Dios, y no “creado” por Dios y “aceptado” luego como Hijo, es decir, “adoptado”. Este testimonio del Evangelio (y de todo el Nuevo Testamento), en el que se funda la fe de todos los cristianos, tiene su fuente definitiva en Dios-Padre, que da testimonio de Cristo como Hijo suyo.

Este testimonio único y fundamental, que surge del misterio eterno de la vida trinitaria, encuentra expresión particular en los Evangelios sinópticos, primero en la narración del Bautismo de Jesús en el Jordán y luego en el relato de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor. Estos dos acontecimientos merecen una atenta consideración.  

En el Evangelio según Marcos leemos: “En aquellos días vino Jesús desde Nazaret, de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En el instante en que salía del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu, como paloma, que descendía sobre Él, y una voz se hizo (oir) de los cielos: 'Tú eres mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias'“ (Mc 1, 9-11).

Según el texto de Mateo, la voz que viene del Cielo dirige sus palabras no a Jesús directamente, sino a aquellos que se hallaban presentes durante su Bautismo en el Jordán: “Este es mi Hijo amado” (Mt 3, 17). En el texto de Lucas (cf. Lc 3, 22), el tenor de las palabras es idéntico al de Marcos.

El testimonio contenido en la voz que procede “del Cielo” (de lo alto), tiene lugar precisamente al comienzo de la misión mesiánica de Jesús de Nazaret. Se repetirá en el momento que precede a la Pasión y al acontecimiento pascual que concluye toda su misión: el momento de la Transfiguración. A pesar de la semejanza entre las dos teofanías, hay una clara diferencia entre ellas, que nace sobre todo del contexto de los relatos:

-Durante el Bautismo en el Jordán, Jesús es proclamado Hijo de Dios ante todo el pueblo.

-La teofanía de la Transfiguración se refiere sólo a algunas personas escogidas: ni siquiera se introduce a todos los Apóstoles en cuanto grupo, sino sólo a tres de ellos: Pedro, Santiago y Juan. “Pasados seis días Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un monte alto y apartado y se transfiguró ante ellos...”.
Esta transfiguración va acompañada de la “aparición de Elías con Moisés hablando con Jesús”. Y cuando, superado el “susto” ante tal acontecimiento, los tres Apóstoles expresan el deseo de prolongarlo y fijarlo (“bueno es estarnos aquí”), “se formó una nube... y se dejó oir desde la nube una voz: Este es mi Hijo amado, escuchadle” (cf. Mc 9, 2-7). Así en el texto de Marcos. Lo mismo se cuenta en Mateo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle” (Mt 17, 5). En Lucas, por su parte, se dice: “Este es mi Hijo elegido, escuchadle” (Lc 9, 35).

La voz que escuchan los tres Apóstoles durante la Transfiguración en el monte Tabor, confirma la convicción expresada por Simón Pedro en las cercanías de Cesarea (según Mt 16, 16). Confirma en cierto modo “desde el exterior” lo que el Padre había ya “revelado desde el interior”. Y el Padre, al confirmar ahora la revelación interior sobre la filiación divina de Cristo -“Este es mi Hijo amado: escuchadle”-, parece como si quisiera preparar a quienes ya han creído en Él para los acontecimientos de la Pascua que se acerca: para su muerte humillante en la cruz. Es significativo que “mientras bajaban del monte” Jesús les ordenará: “No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos” (Mt 17, 9, como también Mc 9, 9, y además, en cierta medida, Lc 9, 21). La teofanía en el monte de la Transfiguración del Señor se halla así relacionada con el conjunto del misterio pascual de Cristo.

El Hijo del Hombre que se acerca a su “hora” pascual, es Aquel de quien la voz de lo alto proclamaba en el bautismo y en la transfiguración: “Mi Hijo... amado... en quien tengo mis complacencias... el elegido”. En esta voz se contenía el testimonio del Padre sobre el Hijo. El autor de la segunda Carta de Pedro, recogiendo el testimonio ocular del Jefe de los Apóstoles, escribe pasa consolar a los cristianos en un momento de dura persecución: “(Jesucristo)... al recibir de Dios Padre honor y gloria, de la majestuosa gloria le sobrevino una voz (que hablaba) en estos términos: 'Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias'. Y esta voz bajada del Cielo la oímos los que con Él estábamos en el monte santo” (2 Pe 1, 16-18).

San Juan Pablo II
Audiencia General
27 de mayo de 1987

sábado, 23 de julio de 2016

San Juan Pablo II nos dice por qué debemos ir a Misa los domingos

“Cuando el domingo pierde su significado fundamental y se subordina a un concepto secular «fin de semana», dominado por la diversión y el deporte, la gente se encierra en un horizonte tan estrecho que no es capaz de ver el cielo”
San Juan Pablo II

viernes, 15 de julio de 2016

Mensaje de San Juan Pablo II al Carmelo

En el Carmelo, y en toda alma impulsada por un tierno afecto hacia la Virgen y Madre Santísima, florece la contemplación de Aquella que, desde el principio, supo estar abierta a la escucha de la Palabra de Dios y acatar su Voluntad. En efecto, María,  educada y  modelada por el Espíritu,  fue capaz de leer en la fe su propia historia y, dócil a las inspiraciones divinas, "avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz. Allí, por Voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con Corazón de Madre" (Lumen gentium, 58).

Florece así una intimidad de relaciones espirituales que incrementan cada vez más la comunión con Cristo y con María. Para los miembros de la familia carmelitana María, la Virgen Madre de Dios y de los hombres, no sólo es un modelo a imitar, sino también una dulce presencia de Madre y Hermana en la que se puede confiar. Con razón Santa Teresa de Jesús exhortaba: "Imitad a María y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por Patrona" (Castillo interior, III, 1, 3).

Esta intensa vida mariana, que se manifiesta en una oración confiada, en una alabanza entusiasta y en una imitación diligente, lleva a comprender que la forma más auténtica de devoción a la Virgen Santísima, expresada mediante el humilde signo del escapulario, es la consagración a su Corazón Inmaculado. En el corazón se realizan así una comunión y una familiaridad cada vez mayores con la Virgen Santísima, como "nueva manera" de vivir para Dios y continuar aquí en la tierra el amor del Hijo Jesús a su madre María.

Este rico patrimonio mariano del Carmelo se ha convertido con el tiempo, mediante la difusión de la devoción del Santo Escapulario, en un tesoro para toda la Iglesia. Por su sencillez, por su valor antropológico y por su relación con el papel que desempeña María con respecto a la Iglesia y a la humanidad, el pueblo de Dios ha acogido profunda y ampliamente esta devoción, hasta el punto de encontrar expresión en la memoria del 16 de julio, presente en el calendario litúrgico de la Iglesia universal.

Con el signo del escapulario se manifiesta una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndolos sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en su vida. El Escapulario es esencialmente un "hábito". Quien lo recibe se une o se asocia, en un grado más o menos íntimo, a la Orden del Carmen, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia Por tanto, quien se reviste del escapulario se introduce en la tierra del Carmelo, para "comer sus frutos y sus productos" (cf. Jr 2, 7), y experimenta la presencia dulce y materna de María en su compromiso diario de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad (cf. Fórmula de la imposición del escapulario).

Así pues, son dos las verdades evocadas en el signo del Escapulario:  por una parte, la protección continua de la Virgen Santísima, no sólo a lo largo del camino de la vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria eterna; y por otra, la certeza de que la devoción a Ella no puede limitarse a oraciones y homenajes en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un "hábito", es decir, una orientación permanente de la conducta cristiana, impregnada de oración y de vida interior, mediante la práctica frecuente de los sacramentos y la práctica concreta de las obras de misericordia espirituales y corporales. De este modo, el Escapulario se convierte en signo de "alianza" y de comunión recíproca entre María y los fieles, pues traduce de manera concreta la entrega que en la Cruz Jesús hizo de su Madre a Juan, y en él a todos nosotros, y la entrega del apóstol predilecto y de nosotros a Ella, constituida nuestra Madre espiritual.

Un espléndido ejemplo de esta espiritualidad mariana, que modela interiormente a las personas y las configura a Cristo, primogénito entre muchos hermanos, son los testimonios de santidad y sabiduría de tantos santos y santas del Carmelo, todos crecidos a la sombra y bajo la tutela de la Madre.

También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el Escapulario del Carmen. Por el amor que siento hacia nuestra Madre Celestial común, cuya protección experimento continuamente, deseo que este año mariano ayude a todos los religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran filialmente a acrecentar su amor y a irradiar en el mundo la presencia de esta Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia, Madre de la esperanza y de la Gracia.

Con estos deseos, imparto de buen grado la bendición apostólica a todos los frailes, las monjas, las religiosas, los laicos y las laicas que tanto se esfuerzan por difundir entre el pueblo de Dios la verdadera devoción a María, Estrella del mar y Flor del Carmelo.

San Juan Pablo II
(Año 2001)

martes, 5 de julio de 2016

San Juan Pablo II glorifica a Cristo

¡Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre!
Jesús, principio y perfección del hombre nuevo, convierte nuestros corazones a Ti, para que, abandonando las sendas del error, caminemos tras tus huellas por el sendero que conduce a la vida. Haz que, fieles a las promesas del Bautismo, vivamos con coherencia nuestra fe, dando testimonio constante de tu palabra, para que en la familia y en la sociedad resplandezca la luz vivificante del Evangelio.

¡Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre!
Jesús, fuerza y sabiduría de Dios, enciende en nosotros el amor a la divina Escritura, donde resuena la voz del Padre, que ilumina e inflama, alimenta y consuela. Tú, Palabra del Dios vivo, renueva en la Iglesia el ardor misionero, para que todos los pueblos lleguen a conocerte, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre, único Mediador entra el hombre y Dios.

¡Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre!
Jesús, fuente de unidad y de paz, fortalece la comunión en tu Iglesia, da vigor al movimiento ecuménico, para que con la fuerza de tu Espíritu, todos tus discípulos sean uno. Tú que nos has dado como norma de vida el mandamiento nuevo del amor, haznos constructores de un mundo solidario, donde la guerra sea vencida por la paz, la cultura de la muerte por el compromiso en favor de la vida.

¡Gloria y alabanza a Ti, oh Cristo, ahora y por siempre!
Jesús, Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, luz que ilumina a todo hombre, da a quien te busca con corazón sincero la abundancia de tu vida. A Ti, Redentor del hombre, principio y fin del tiempo y del cosmos, al Padre, fuente inagotable de todo bien, y al Espíritu Santo, sello del infinito amor, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Pablo II

lunes, 20 de junio de 2016

San Juan Pablo II y el Sagrado Corazón

En su carta del 5 de octubre de 1986 al M. R. P. Kolvenbach, prepósito general de la Compañía de Jesús, el Papa definía así “la verdadera definición pedida por el Corazón del Salvador”: “Sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, edificar la civilización del amor tan deseada, el reino del Corazón de Cristo”

Para San Juan Pablo II, “el Corazón de Cristo reinará, pues, cuando se establezca la civilización del amor”, es decir cuando el amor reemplace el odio, cuando el amor al prójimo por amor a Cristo amante venza en cada persona las pasiones y las pulsiones de violencia. Cuando, en otros términos, el prójimo sea respetado en sus derechos por amor al más próximo de todos los prójimos, Cristo. De esta manera será reparada la persona odiosa, preocupada por reemplazar el odio por el amor.

Como lo observa L. M. Mendizábal, esta interpretación de la reparación algunas veces ha sido mal comprendida, en un sentido puramente “horizontalista” como si el papa hubiese dicho: “La verdadera reparación no consiste en una expiación dolorosa de  los pecados del mundo, sino en establecer la paz y el bienestar en el mundo”. Se olvida la declaración hecha quince días antes de esta carta, con ocasión de un simposium internacional: “La consagración al Corazón de Nuestra Señora se realiza, en la práctica, esencialmente viviendo en estado de gracia, con una vida de pureza, de oración, penitencia unida al cumplimiento de todos los deberes de un cristiano y de reparación por nuestros pecados y los pecados del mundo”.

En realidad, la declaración del Papa a la Compañía de Jesús quiere decir que a los ojos del señor, el orden violado por la violencia y por el odio no podrá ser restaurado en el mundo más que por el amor sobrenatural por el prójimo y es esta restauración, este retomar de la justicia amante que constituye la esencia de la reparación. Oración, penitencia, cumplimiento de los deberes de estado deben ser vividos en el horizonte del establecimiento de una civilización del amor para constituir la completa reparación social que desea el Corazón de Jesús.

Durante el Ángelus del 1º de junio de 1984 Juan Pablo II esbozaba “la síntesis de todos los misterios ocultos en el Corazón del Hijo de Dios: amor solícito, amor satisfactorio, amor vivificante”.

La civilización del amor no se podrá establecer sino la base de un reconocimiento del amor creador, redentor y remunerador de Cristo, Alpha y Omega. Entonces, la civilización del amor supone la penetración dinámica de la caridad sobrenatural en la pasión natural del amor y en la voluntad libre de la criatura racional, que orienta esas fuerzas del psiquismo inferior de la persona humana hacia su vida eterna, individual y social, bajo el soplo del Espíritu Santo.

Bertrand de Margerie S.J.
Traducido del francés por José Gálvez Krüger para Aci Prensa

sábado, 4 de junio de 2016

Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María

«Madre de los hombres y de los pueblos, Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza con el Amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a Ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza».

San Juan Pablo II 
Basílica de Santa María la Mayor. 7 de junio de 1981.

domingo, 29 de mayo de 2016

Corpus Christi: el sacramento de la cercanía de Dios con el hombre

Cada año, el Jueves Santo, al comienzo del triduo sacro, nos reúne en el Cenáculo, donde celebramos el memorial de la Última Cena. Y éste precisamente sería el día más adecuado a fin de meditar con veneración todo lo que es para la Iglesia la Eucaristía, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Pero se ha demostrado en el curso de la historia que este día más adecuado, único, no basta. Está, además, insertado orgánicamente en el conjunto del recuerdo pascual; toda la Pasión, Muerte y Resurrección ocupan entonces nuestros pensamientos y nuestros corazones. No podemos decir, pues, de la Eucaristía todo aquello de lo que están colmados nuestros corazones.

Por esto, desde la Edad Media, y precisamente desde 1264, la necesidad de la adoración, al mismo tiempo litúrgica y pública del Santísimo Sacramento ha encontrado su expresión en una Solemnidad aparte, que la Iglesia celebra el primer jueves después del Domingo de la Santísima Trinidad: la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo (N. de R. : pasa del jueves al domingo siguiente)

La Eucaristía nos acerca a Dios de modo único. Y es el Sacramento de su cercanía en relación con el hombre. Dios en la Eucaristía es precisamente este Dios que ha querido entrar en la historia del hombre. Ha querido aceptar la humanidad misma. Ha querido hacerse hombre. El Sacramento del Cuerpo y de la Sangre nos recuerda continuamente su Divina Humanidad.

Es el Sacramento del descenso de Dios hacia el hombre, del acercamiento a todo lo que es humano. Es el Sacramento de la divina "condescendencia". La Eucaristía, Sacramento del Cuerpo y de la Sangre, nos recuerda sobre todo la muerte, que Cristo sufrió en la Cruz; la recuerda y, en cierto modo, es decir, incruento, renueva su realidad histórica.

Lo testifican las palabras pronunciadas en el Cenáculo separadamente sobre el pan y sobre el vino, las palabras que, en la institución de Cristo, realizan el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre; el sacramento de la muerte, que fue sacrificio expiatorio. El sacramento de la muerte, en el que se expresa toda la potencia del Amor. El sacramento de la muerte, que consistió en dar la vida para reconquistar la plenitud de la vida. "Come la vida, bebe la vida: tendrás la vida, y es la vida total" (San Agustín)

La Eucaristía es el Sacramento de la comunión. Cristo se da a Sí mismo a cada uno de nosotros, que lo recibimos bajo las especies eucarísticas. Se da a Sí mismo a cada uno de nosotros que comemos el manjar eucarístico y bebemos la bebida eucarística. Este comer es signo de la comunión. Es signo de la unión espiritual, en la que el hombre recibe a Cristo, se le ofrece la participación en su Espíritu, encuentra de nuevo en Él particularmente íntima la relación con el Padre: siente particularmente cercano el acceso a Él.

Nos acercamos a la comunión eucarística, recitando antes el "Padrenuestro". La comunión es un vínculo bilateral. Nos conviene decir, pues, que no sólo recibimos a Cristo, no sólo lo recibe cada uno de nosotros en este signo eucarístico, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Por así decirlo, Él acepta siempre en este Sacramento al hombre, lo hace Su amigo, tal como dijo en el Cenáculo: "Vosotros sois Mis amigos" (Jn 15, 14).

San Juan Pablo II
Audiencia general del miércoles, 13 de junio de 1979 (extracto)
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martes, 24 de mayo de 2016

San Juan Pablo II, Don Bosco y María Auxiliadora

El Concilio Vaticano II nos presenta a María como modelo de la Iglesia por su riqueza de gracia, su firme testimonio de fe, su maternidad y su solicitud por la salvación de los hombres. Lo que María es personalmente de forma plena en su singular unión con Cristo y en la comunión con la primera comunidad de los Apóstoles, lo es también, a lo largo de la peregrinación de los siglos, la Iglesia, hecha Cuerpo místico de Cristo en todas las latitudes.

En particular, la Iglesia demuestra su fisionomía mariana a través de la generación de Cristo en el corazón de los creyentes y a través del solícito cuidado de su crecimiento en la fe. La Iglesia es verdaderamente Madre porque engendra y educa en la fe a sus hijos.

La maternidad de la Iglesia es una maternidad que tiene necesidad de intérpretes santos, dóciles y orantes como Don Bosco; sobre todo cuando se trata de educar en la fe a la juventud.

Desde este Santuario de María Auxiliadora, tan significativo para los jóvenes, dirijo una llamada a los padres, a los presbíteros, a las personas consagradas y a los educadores todos, recordándoles que tienen la vocación de interpretar, con generosa donación de sí, la maternidad de la Iglesia en orden al nacimiento y el crecimiento de la fe en el corazón de los jóvenes. ¡Cuántas dificultades halla hoy la juventud a este respecto! Es un desafío preocupante, entre los más urgentes e incluso entre los más delicados y complejos. No es una tarea fácil, pero es muy necesaria. Por tanto, invito a mirar a María, poderosa ayuda y materna guía de los educadores de la fe.

Si nos encomendamos de verdad a Ella, sentiremos crecer en nosotros una actitud de plena confianza y capacidad pedagógica, junto con un gran amor agradecido, como respuesta a su solicitud por la juventud. Guiados por "Aquella que ha creído", nos sentiremos más intensamente inclinados a la tarea de la educación de la fe, y percibiremos más claramente que la acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación de la maternidad de la Virgen llena de gracia. De este modo, la participación en la misión de la Iglesia se traducirá en amor a María, Estrella de la evangelización, y en agradecimiento por su ayuda maternal.

Palabras de San Juan Pablo II
Santuario de María Auxiliadora en Turín. 1988

Nota:
Puedes leer la Carta Iuvenum Patris, que escribiera San Juan Pablo II con motivo del centenario de la muerte de San Juan Bosco entrando en la página que se indica a continuación, de la cual también se copió la fotografía que ilustra esta nota.  

domingo, 22 de mayo de 2016

Santísima Trinidad: único y eterno Dios

Bendito seas, Padre, que en Tu infinito Amor nos has dado a Tu Hijo Unigénito, hecho carne por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen María y nacido en Belén hace dos mil años. Él se hizo nuestro Compañero de viaje y dio nuevo significado a la historia, que es un camino recorrido juntos en las penas y los sufrimientos, en la fidelidad y el amor, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva en los cuales Tú, vencida la muerte, serás Todo en todos.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

Que por tu gracia, Padre, este tiempo sea un tiempo de conversión y de gozoso retorno a Ti, que sea un tiempo de reconciliación entre los hombres y de nueva concordia entre las naciones; un tiempo en que las espadas se cambien por arados y al ruido de las armas le sigan los cantos de la paz. Concédenos, Padre, poder vivir dóciles a la voz del Espíritu, fieles en el seguimiento de Cristo, asiduos en la escucha de la Palabra y en el acercarnos a las fuentes de la gracia.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

Sostén, Padre, con la fuerza del Espíritu, los esfuerzos de la Iglesia en la Nueva  Evangelización y guía nuestros pasos por los caminos del mundo, para anunciar a Cristo con la propia vida orientando nuestra peregrinación terrena hacia la Ciudad de la Luz. Que los discípulos de Jesús brillen por su amor hacia los pobres; que sean solidarios con los necesitados y generosos en las obras de misericordia; que sean indulgentes con los hermanos para alcanzar de Ti ellos mismos indulgencia y perdón.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

Concede, Padre, que los discípulos de Tu Hijo, purificada la memoria y reconocidas las propias culpas, sean una sola cosa para que el mundo crea. Se extienda el diálogo entre los seguidores de las grandes religiones y todos los hombres descubran la alegría de ser hijos tuyos. A la voz suplicante de María, Madre de todos los hombres, se unan las voces orantes de los apóstoles y de los mártires cristianos, de los justos de todos los pueblos y de todos los tiempos, para que este tiempo sea para cada uno y para la Iglesia causa de renovada esperanza y de gozo en el Espíritu.

¡Gloria y alabanza a Ti, Santísima Trinidad, Único y Eterno Dios!

A Ti, Padre Omnipotente, origen del cosmos y del hombre, Por Cristo, el que vive, Señor del tiempo y de la historia, En el Espíritu que santifica el universo, alabanza, honor y gloria ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan Pablo II
Fuente: El Camino de María.

domingo, 15 de mayo de 2016

Pentecostés: San Juan Pablo II y los dones del Espíritu Santo

Sabiduría
San Juan Pablo II definía este don como "la luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios... Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en ellas”

Entendimiento
San Juan Pablo II decía que mediante este don el Espíritu Santo, que ‘escruta las profundidades de Dios’ (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro: "¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?" (Lc 24:32)

Fortaleza
Decía San Juan Pablo II: “el hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente en el campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre el ejerce el ambiente circundante. Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la fortaleza es la virtud de quien no se aviene a componendas en el cumplimiento del propio deber”

Ciencia
San Juan Pablo II decía que “sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo. Para resistir esa tentación sutil y para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar, he aquí que el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de la ciencia. Es esta la que le ayuda a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador”

Consejo
San Juan Pablo II decía que es “una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina «reconstrucción de las conciencias». Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos”.

Piedad
San Juan Pablo II decía que “El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor”

Temor de Dios
San Juan Pablo II decía “De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos”